Cómo cambiar el rumbo de tu vida a los 50

cambio de rumbo

¿Te he contado que hace un año di un volantazo de 180 grados para cambiar el rumbo de mi existencia?

Sí, 180, a la gente le gusta decir que el giro es de 360 grados, pero eso significa permanecer en el mismo punto... 

Perdona el despiste. Vuelvo al tema que me ocupa. 

Yo tenía un trabajo que me hacía muy feliz, pero con el paso de los años, además de dejar pañuelos de papel usados en todas las chaquetas y abrigos, la pasión existente entre ese puesto y yo fue menguando hasta volverse imperceptible. 

No me acuerdo de dónde vives, pero yo en Madrid. Y aunque pueda parecer la tierra de las oportunidades y las opciones de ocio, también es el caos.  Las distancias suelen ser muy grandes y mi trayecto hacia la oficina era de 45 minutos el día que se me daba genial. 2700 segundos a solas conmigo misma en el reducido habitáculo del coche, de noche (madrugo en exceso) y llorando. 

Así fueron los tres últimos años. Y decidí que no merecía la pena. Que las pastillas de colores están bien cuando son transitorias, pero si se tienen que quedar a vivir contigo, son mala compañía. 

 

Y fue cuando decidí un cambio de rumbo. De una multinacional a una empresa nacional (el SEPE).

 

No me educaron para estar quieta mucho tiempo, y como dice mamá Yoda, o Ana González Duque como la conocen quienes no la conocen, se necesita un trabajo nutricional para poder vivir de tus libros. Más aún si solo tienes uno publicado como es mi caso. Aunque, para ser mi primer retoño, estoy bastante orgullosa de él. Y un trabajo nutricional no es aquel que trata de dietas y menús, sino el que te da de comer. No me digas que no es buenísimo....

Primer cambio de rumbo: escribir y publicar un libro.

 

45 días por año

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Con 50 años no es fácil encontrar un trabajo. y tampoco estoy muy segura de tener la capacidad de volver a una oficina y empezar de cero con los millenial, las generaciones Z, y los hipster. Demasiada tribu para una señora de pueblo. 

La escasa seguridad que proporciona la prestación por desempleo, dos adolescentes zampones, dos perros y un marido, barajé la idea de montarme por mi cuenta. Y, entonces, vino la gran pregunta: ¿qué sé hacer?

Se me aparecieron todos los fantasmas de mis trabajos pasados y me trajeron a la memoria el cúmulo de mis inseguridades. La conculsión es abrumadora: Mar, no sabes hacer nada. 

¡Hay que ver qué hijoputa es el síndrome del impostor! Patricia Ramírez te lo explica mejor que yo

Como soy una chica con suerte, y con mucha moral, las oportunidades se presentaron ante mí en lugar de tener que ir yo a buscarlas. Gracias a que había sido buena persona durante todos mis años de carrera profesional por cuenta ajena, algunos de mis proveedores me propusieron una colaboración sin contratos de por medio. Al más puro estilo "sola ante el peligro". 

Cambio de rumbo de 270º: dedicarme a la comercialización sin tener ninguna noción

Fue entonces cuando abrí los ojos a una gran verdad universal: vender es difícil de narices. 

Y aunque narices no me faltan, no como sinónimo de arrojo, sino en su estricto sentido de apéndice nasal, me lancé de cabeza a una nueva experiencia sin conocimiento previo. Sumémosle que, los que antaño fueron mis proveedores, se habían convertido en superiores. Así que, llegados a este punto álgido de mi cambio de rumbo, no puedo dejar pasar la oportunidad de soltar la primera frase de abuela del día: trata con respeto a todo el mundo porque nunca sabes dónde te va a colocar la vida. 

Si yo hubiera sido una prepotente infumable, no habría tenido un cambio de rumbo sino, directamente, un fuera de juego en toda regla. 

Estudiar a los 50 también es un cambio de rumbo

Con la escasa experiencia de vendedora que me han dado unos meses en el puesto, me apunté a un máster online. No es momento de cursos presenciales. El digital ha venido para quedarse. Y si no, que se lo cuenten a mis padres, con los que hemos celebrado cumpleaños a distancia vía zoom. 

Terminado el máster, me siento tan incapaz como cuando lo empecé. Y, para más sorna, es de experta en publicidad en redes sociales. Ahora estoy saliendo a vender. Una señora compitiendo con los imberbes que han nacido en internet. Los llamados nativos digitales. 

Tuve una mentora dentro del master que podría servir de novia para mi hijo de 22 años. Creo que tenían la misma edad. Y la niña sabía un montón, pero hablaba... ¡cómo hablaba!

 

Daba tantas patadas al diccionario que he comprado unas espinilleras y se las he mandado a la RAE. Me las han devuelto diciendo que me debo haber equivocado y quería decir RFF en el destinatario. 

 

Quitarme de encima a la joven analfabeta era una necesidad tan imperiosa que conseguí un primer cliente en prácticas a base de enchufismo. Por otro lado, nada que no haga casi todo el mundo. Pero hasta llegar a ese punto, tuve que hacer un par de llamadas para ofrecer mis servicios sin coste alguno a unas cuantas empresas. 

 

Era algo parecido a ser puta por afición. Y encima añosa.

 

Porque cuando me presentaba frente al susodicho cliente en prácticas potencial, y descubrían mis arrugas y mis canas, flipaban un poco. Desconfiaban de que una persona de mi edad pudiera ser estudiante en prácticas. Sus caras traslucían las preguntas que les rondaban: ¿En prácticas, tú? ¿No será que tu hija no ha podido venir y le estás haciendo tú el trabajo? 

 

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Nuevo cambio de rumbo: ser emprendedora y autónoma

No, no y no. Soy una valiente, una trabajadora por cuenta ajena, una viejenial abriéndose camino en el difícil mundo de la supervivencia digital. Y mi cambio de rumbo es mi tarjeta de presentación. 

Personalmente, estoy segura de que puedo hacer un buen papel. No en vano, mis 25 años de experiencia laboral transcurrieron en el mundo de la publicidad. Y si me han aguandado en importantísimas empresas, es porque mal, lo que se dice mal, no lo hacía.

Así que me he venido arriba y repito mi mantra antes de hacer la calle: quien tuvo, retuvo. Si lo digo mínimo 50 veces al día se convierte en una gran fuente de confianza en mí misma e inspiración comercial. Obviemos los comentarios sobre el paralelismo del mundo de la prostitución y mi actitud. 

Lo peor, en mi piel, es el rechazo. Son tantas las veces que nos llaman para vendernos algo, que nos hemos vuelto uns escépticos y unos expertos en cortar llamadas sin escuchar. 

¿Quieres un consejo? Los tres primeros segundos son vitales. Si te enrollas, estás perdida. Así me va a mí. 

¿En serio no quieren que les cuente quién soy, qué hago, por qué he llegado a estar aquí, en qué lugar se enamoró mi marido de mí y a qué dedica el tiempo libre? 

Pues, sinceramente, no lo entiendo. 

¿Lo que peor llevo hasta el momento? Que no he vendido mis servicios pero sí he gastado en los comercios que he visitado. La experiencia me está saliendo cara. Siento tanta vergüenza de salir con las manos vacías que las lleno con mercancía. 

 

Criatura, que se trata de salir con un contrato firmado,no con un kilo de quinoa roja ecológica. 

 

Voy a seguir peleando y sé que lo voy a conseguir. Lo mismo que conseguí que una editorial publicara mi libro. Y algún día seré una escritora renombrada e inundaré las librerías con mis títulos. 

Dame tiempo...

¿Y tú? ¿Tienes alguna experiencia comercial que nos amenice el chat? Te leeré encantada. 

 

 

 

 

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