Quiénes son mis amigas de verdad

amigas de verdad

¿Qué tienen en común una sesión con un terapeuta y una comida con amigas? 

No estoy tratando de inventar una adivinanza ingeniosa. Estoy reflexionando. Últimamente, siempre encuentro el momento menos adecuado para pensar más de la cuenta. 

Desde que superé la barrera de la estupidez, también llamada crisis de los cuarenta, no me escondo. Ni de mí misma ni de mis defectos tan a la vista de quien quiera asomarse. Por eso, confieso que siempre he tenido una tendencia resbaladiza hacia la depresión.

Se puede ver de dos maneras: 

  1. Que se trata de una situación de lo más común. De hecho, es el gran mal de nuestra sociedad, aunque aún esté estigmatizado. En resumidas cuentas, que no soy una excepción sino parte de la regla general. 
  2. Que si echo la vista atrás y a las enciclopedias (me niego a hablar de la Wikipedia, que ahí todo el mundo mete mano sea experto o no en la materia) veo que la mayoría de los grandes artistas, independientemente de su campo, compartían conmigo la misma tendencia a sumirse en los abismos de la ausencia de salud mental. 

Como este es mi post, y no me ando con chiquitas a estas alturas de mi vida, voy a incluirme en el subgrupo dos y creerme una gran artista de las letras. 

Tengo que distinguir quiénes son amigas de verdad

Si me ves con aires de grandeza, puedes dejarme un amable comentario al final recomendándome un especialista. 

He visitado varios psicólogos, psiquiatras, "coaches" y demás profesionales a lo largo de estos largos años (la redundancia es buscada y rebuscada), he tomado pastillas de varios tamaños, gramaje y colores y, por mucho que les duela a todos ellos, nada me hizo mayor bien que mis amigas de verdad

Y quiero ser redundante con el calificativo: no sirve cualquier amiga, solo las de verdad.

¿Las hermanas cuentan como amigas? Rotundamente, sí. 

No es lo mismo una amiga que una amigui

Las amigas, igual que las parejas, se encuentran ahora en los sitios más dispares. Y, ¡ojo!, hablo de amigas, no de conocidas, o las tan famosas "amiguis". 

Hasta hace no mucho ese término me sacaba de quicio, ahora, con pausa y reflexión, le concedo el beneficio de la duda. A lo mejor es el nuevo genérico para unir amigas y amigos en una sola palabra sin necesidad de utilizar el lenguaje inclusivo que alarga nuestros párrafos hasta el infinito y más allá.

Efectos colaterales beneficiosos de la cuarentena, la mansedad en los toros  (vaca, en este caso) bravos. 

Mi soledad de escritora, freelancer y parada me ha convertido en una capulla (porque me he encerrado en un cascarón o capullo, para aclaración de malintencionados). Aunque no tengo ninguna intención, por el momento, de volver a encerrarme en una oficina.

Lo que ocurre es que he tejido un envoltorio alrededor de mí misma, más o menos frágil, del que me da miedo salir. Y ahora que llevo encerrada, como todo el mundo mundial y por decreto gubernamental, el grosor del capullo ha incrementado considerablemente. 

Mi escaparate, mi ventana, han sido las redes sociales, y ¡oiga!, que me he encontrado con muy buenísima gente. Personas, mujeres, que sin conocerte de piel, intuyen tu alma. Personas como yo, compartiendo inquietudes, solitarias y sociales, todo cabe en el bolso de una mujer. 

Porque, lo que tiene esto de escribir es que lo único que ves, aparte de la pantalla del ordenador, son tus manos golpeando el teclado. Y se te olvida tratar con personas. Un poco.

Y vete tú a contarle a tu pareja que te puede la desesperación de no saber nada de tus envíos editoriales, que te comes las uñas por las noches porque no te despiertan las musas como antes; que tienes miedo de no servir ni para envolver los libros en papel de regalo en El Corte Inglés... Lo mismo te pone la cara de "quetechupequé" y se da la vuelta para prepararte una ensalada bien cargada  y una cerveza para acallar tu inquieta cabecita. 

Sin embargo, esas mis almas gemelas virtuales sí me entienden. Puedo descolgar el teléfono y hablar horas con ellas de presentaciones de libros, cuando puedan hacerse, de los correctores en las editoriales, de los miedos de la carestía de palabras, de los sueños compartidos a base de unir vocales con consonantes. De comas, puntos y puntos y comas que representan el colmo de la unión perfecta. 

Y sin haberme asomado nunca a sus ojos sé que sabremos reconocernos cuando nos veamos. 

Coger el móvil y poder reír con mi hermana me ha salvado de la desesperación mucho más que 1500 cajas de Prozac. Porque ella llora de 8 a 10 de la mañana, pero yo hay días en los que ya me despierto muerta, y no tengo miedo, porque ella estará ahí a partir de las 10:30, cuando el agua de la ducha haya arrastrado su tristeza y se la haya tragado el sumidero hasta el siguiente despertar. 

Porque tengo a mi cocodrilo en África, luchando por aquellos a los que nadie quiere. Dejándose la salud en el empeño, pero siempre animosa, siempre pensando en los demás, siempre tendiendo una mano y prediciendo encuentros venideros que tendrán que llegar. Y mientras llegan, yo la siento tan cerca como si hubiéramos compartido pupitre toda la vida. 

Está mi querida amiga al sur de la Comunidad, trabajando por todos, dejando que las pelusas invadan su hogar, pero sin olvidar ni un solo día mandarme un "te quiero" virtual. Sin más que añadir. Porque la verdad y los sentimientos sinceros no necesitan aditivos.

Encuentro consuelo en esas valientes de las letras que me escriben privados alabando mi valor, ignorantes de mis ataques de impostora, y que con sus palabras y sus ganas de que nos conozcamos me hacen sentir fuerte, y sobre todo, PARTE DE ALGO MUCHO MÁS GRANDE. 

Hubo un tiempo, en los años de mi estupidez, cuando tenía un cintura perfecta y brillo en los ojos y en los labios, en los que afirmé con contundencia que las mujeres éramos enemigas acérrimas entre nosotras, hienas en pie de guerra ante el cadáver putrefacto de alguna desdichada.

Y hoy tengo que pedir disculpas por la ignorancia del yo de mi juventud a todas y cada una de nosotras.

No hay nada más reconstituyente que una conversación con verdaderas amigas. No hay nada mejor que un aperitivo a través de un teléfono y la distancia. No hay kilómetros suficientes para hacernos sentir lejos cuando nos queremos y nos apoyamos. 

Tus amigas, hermanas, primas, madres, vecinas cariñosas, abuelas, en definitiva, las mujeres que te rodean son las que siempre te prestan un hombro para llorar. Las que te regalan las horas que hagan falta frente a una taza de té para escucharte. Sí, ESCUCHAR, no oír. Independientemente de si hay confinamiento o no. Para nosotras no hay barreras.

Así que el día que levanten los controles de acceso al campo, la ciudad o la playa, voy a necesitar ir corriendo a abrazar a todas esas verdaderas amigas terapia. No solo por estos interminables días, sino por lo que nos queda por reír, que es lo que más nos gusta hacer. 

Y tú, ¿tienes una amiga así?

 

 

 

 

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