Cerrar
El perraco (PARTE 2)

El perraco (PARTE 2)

LEE LA PRIMERA PARTE DE ESTE RELATO PINCHANDO AQUÍ

 

 

Mucho había tardado padre en mencionar mi lamentable estado. Lo normal es que hubiera actuado primero y hablado después, pero tal vez el perfume a miedo que me acompañaba en ese momento había despertado su compasión.

—Algo. Lo he visto venir hacia mí como un demonio, fauces abiertas y sedientas de sangre, y no se me ha pasado por la cabeza que pudiera ser manso como un cordero.

—Pues lo es, hijo. Su aspecto hace honor al nombre de amo del averno, pero el balido de una oveja lo asusta y esconde el rabo entre las piernas como un cachorrillo.

—Hasta que no lo vea… Pero ¿quieres cogerlo o no?

El camino hasta la casa del Sebas no fue un sendero de rosas. Padre intuyó la dirección que íbamos a tomar nada más oír el chasquido de la puerta al cerrar. Mascullaba amenazas con cada paso que daba. Creo que juró más de diez veces abrirme la cabeza a golpes para meterme en la mollera que no debía atravesar el umbral de casas ajenas y abandonadas. Preferí hacer como que no iba conmigo aquella oración ininteligible más propia de beatas cansadas de elevar plegarias al cielo que nadie atendía.

En el terreno de Sebas, la manguera seguía llorando sobre el terreno baldío en lugar de regar la maltrecha hierbabuena. La mirada torva de mi padre se clavó en el agua y en mi nuca después. No quise girarme. No era momento de romper la magia del momento. Padre no había abierto la boca ni puesto el grito en el cielo por mi terquedad, mi obstinación y la constante desobediencia a una única orden imperativa: no meterme en propiedad ajena.

Me desvié del ventanuco con el fin de cerrar el grifo. A pesar de la urgencia por acabar con la tensión que crecía a mi espalda, el dolor del despilfarro de agua era mayor.

Padre esperó paciente, creo que le gustó el gesto. Incluso diría que ayudó a disminuir la rabia que crecía dentro de él desde que echamos a andar.

Solo cuando me vio agachado en el suelo, con el cuerpo medio dentro del tragaluz del sótano de Sebas, abandonó el gesto ceñudo y lo cambió por curiosidad. Metió la cabeza entre los picos de cristal por los que resbalaba mi sangre y esperó hasta que sus ojos se habituaron a la falta de luz de la estancia.

Pegado a la puerta que le concedería la libertad se encontraba Satán, que más que un demonio lucía como un querubín sucio y asustado. Las orejas gachas, el rabo escondido, los ojos más tristes que había visto jamás, con las patas delanteras cruzadas formando una almohada para esa cabeza descomunal que ya no mostraba la fiereza con la que se presentó ante mí.

Sentí lástima y una punzada de culpa por haberlo dejado ahí. ¿Era ese perro el mismo can que casi hace que me meara encima poco antes?

—¿Te das cuenta? Solo está asustado. Y un poco perdido desde que anda sin dueño, como si notara su ausencia. Es un buen perro. ¡Satán, Satancito! —lo llamó mi padre—. Ven aquí, perrito.

Yo lo consideré perraco desde el instante en que lo vi, pero padre lo empequeñecía con el diminutivo para darle mayor confianza. Lo cierto es que Satán movía la cola sin que ninguna otra parte del cuerpo se inmutara. Parecía reaccionar a las frases cariñosas a su voluntad.

—¡Mira, papá, está moviendo el rabo!

—Te he dicho que no es un mal perro, solo mal cazador, y ya sabes lo que hacen por aquí con los que no sirven para eso… Lleva años viviendo suelto en el monte buscándose la vida. Y no es fácil. Se ha vuelto desconfiado, nada más.

—Papá, ¿y si nos lo quedamos nosotros?

—De eso nada, que ya me conozco yo el nosotros. Un perro conlleva responsabilidades, muchas, no es un juguete. Y tu madre y yo trabajamos demasiado.

—¿Y si te prometo que yo me encargo? No al principio porque me da miedo, estoy así por su culpa —confesé mostrando mis heridas al completo—. Pero si me das tiempo para que nos conozcamos y cojamos confianza el uno en el otro, me hago responsable de Satán.

—Primero tendremos que conseguir que se venga con nosotros, no es sencillo. El ser humano lo ha tratado mal.

—Estoy seguro de que está hambriento…

No hizo falta añadir más. Padre me entendió y fuimos juntos de nuevo a casa para elegir el señuelo que necesitábamos para ganarnos la confianza de Satán. El primer escollo estaba salvado; mamá sería harina de otro costal.

También puedes leer