¿Por qué estoy tan cansada y sin ganas de hacer nada?

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Todo empezó con una cuarentena, que se convirtió en ochentena, y que a día de hoy, escribiendo este post, desconozco si crecerá hasta cientoveintena. Tenemos mucho tiempo libre para acometer todas nuestras tareas pendientes y, sin embargo, nos sentimos incapaces. ¿Por qué estamos tan cansad@s? ¿qué fuerza del mal nos impide movernos?

Da igual que se trate de arreglar el cajón de la ropa interior (lo mío no se puede catalogar como lencería,  ¡ya me gustaría!) o de colgar un cuadro. Aprender a cocinar, ordenar las fotos antiguas, limpiar los archivos del ordenador o escribir. 

Sí, tampoco soy capaz de escribir apenas

Mi género es el humor. Mi terapia. Mi tabla de náufrago. Y se ha hundido la muy perra. Me ha dejado sin nada a lo que agarrarme. 

Coincido plenamente con quienes afirman que los españoles somos únicos en muchas cosas, pero nos llevamos la palma en tomarnos con humor cualquier adversidad. 

A no ser que se nos haga taaaaaaaaaaan larga como esta. 

No encuentro inspiración para darle la vuelta a la famosa tortilla de Pablo Motos. Yo soy de darle la vuelta con plato, no tirándola al aire como si de un perverso desafío de ruleta rusa se tratara. Y los huevos se me salen.

 

Del plato de voltear.

He leído cerca de doce artículos sobre cómo mantener la inspiración, detener el bloqueo del escritor, mantener rutinas y otros cuantos truquillos de maestro que te ofrecen en la red de redes. 

Eternamente agradecida, pero no son efectivos. No para mí. Y me asusta. 

¿Y si el cambio que se anuncia en el mundo significa que yo me quede así, seca, para siempre? Bastante tengo con la de la piel y otras zonas menos visibles...

Dejadme que escupa mi tragedia griega, siempre he sido propensa a los grandes gestos y hace tiempo que no me permito ninguno. Me ha robado todos los planos mi hija aborrescente. 

Tengo un conocido que se hace todos los días más de 10 km corriendo en un pasillo de 15 metros. Yo mataría por la gimnasia pasiva.

Una amiga que hace labores de limpieza propias de guerra química y saca ganas para hacer su tabla diaria de ejercicios y darle a la tecla. Yo echo de menos a mi asistenta por horas, a la que creo que nunca volveré a ver.

Una compañera de fatigas que todos los días me manda alentadores mensajes deseándome lo mejor para el puto nuevo día de confinamiento. Perdonadme lo malsonante de la expresión, pero lo necesitaba.

Un familiar que cuelga en las redes las cosas buenas que está sacando de esta cuarentena. Creo que incluso ha creado un hashtag. Yo lo único bueno que he sacado es una lista de recomendación de series para verlas del tirón frente a un kilo y medio de pipas.

¿Y a mí qué me pasa doctor? ¿por qué estoy tan cansada y sin ganas de hacer nada? ¿es grave? ¿tendrá cura?

Me refugio en el refranero español, en su sabio "mal de muchos, consuelo de tontos". Bienvenidos al mundo de los mayores tontos del año. Porque no estoy sola. Ni mucho menos.

He lanzado una encuesta aleatoria entre amigos y familiares y somos mayoría los que estamos así. Es el efecto secundario de la falta de movilidad. Como si el cuerpo estuviera conservando la poca energía que le queda para el lejano día en el que nos dejen salir. 

Y lo peor de todo es que me temo que cuando se abra la puerta vamos a tener miedo. 

Miedo a caminar porque estaremos anquilosados. 

Miedo a la proximidad porque nos han sembrado la semilla de la duda ante una tos o estornudo. 

Miedo al futuro que nos ha dejado pintado de negro azabache la pandemia de marras. 

Yo solo sueño con irme al mar. Tener un horizonte que contemplar, no la cara de malas pulgas de mi vecina de enfrente. 

Envidio a todos aquellos que están sacando las tazas, vasos, platos y bandejas de Mr. Wonderful. A mí se me han gastado las frases motivadoras. Solo rezo porque me liberen. Aunque no sepa dónde ir. 

¡Que me escuchen, coño! 

Sí, me sale la vena Tejero. 

He perdido el gusto por tonterías que antes me hacían muy feliz: la compra virtual semanal, ese paseo por todas las webs de moda, decoración y ferretería de la red, llenar carros hasta los topes para luego abandonar la página sin pagar.

No hay placer comparable a esa sensación de comprarlo todo sin gastar un euro. Y ahora no me apetece nada de nada. 

Si quisiera darme la oportunidad de dar salida a mi escondido optimismo, podría concluir que con este encierro he sabido encontrar qué es lo que de verdad importa, y que nunca se trata de algo material.

Cierto, no me apetece pensar en comprar ropa, porque no va a haber tallas especiales para mí.

Como la mayoría, de esta etapa me voy a llevar unos kilos de más, que sumados a los que ya tenía, se transforman en kilos de mucho más. Y cuando eres menopáusica ,y te gusta celebrar la vida con un buen vino, el sobrepeso se te queda más pegado a la piel que un tatuaje. 

Dejadme que dé rienda suelta a mi estado de desánimo. Que no encuentre el humor debajo de la alfombra. Que no me ría de mi sombra. 

Hoy quiero estar gris y triste porque también lo necesito. 

Porque esta vez no estoy de acuerdo con Las claves de Sol. Yo quisiera poder escribir lo que me pasa, pero no ocurre nada, ni por dentro. Y la cuarentena me está cambiando, y no digo que a peor, no solo al menos. Pero yo me siento más apática. Quiero mi rutina, pero me llaman la plancha y el mocho. Que no me importaría que lo hicieran por mí, pero se acabó el chollo. Este encierro está siendo un tremendo batacazo económico, y alguien tendrá que decirlo.

No me creo a quien es capaz de mantener la moral TODOS LOS DÍAS con una sonrisa. Es como la vida de Instagram, un espejismo, un cuento con final feliz que no me trago. Así que si me oyes gimotear, deja que llore, que también es imprescindible para superar el encierro con unos gramos de cordura. 

Saldremos de esta, por supuesto que lo haremos. Y de las que nos vengan. No somos de rendirnos, porque el virus no acaba con todo. Pero saldremos diferentes y con necesidad de terapia de grupo. Que lo de estar con gente sí va a ser una necesidad vital.

Cuéntame, ¿tú mantienes intacta la actitud positiva?

 

 

 

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