Aprendizaje. Christian Martínez Silva

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Mi familia pasó las vacaciones del 97 en Gandía. Mis padres habían construido una pequeña caseta de madera y habían conseguido permiso en la terraza de un buffet para situarla en primera línea de playa. Allí vendían perritos calientes, palomitas, bebidas, helados… Cada mañana cuando nos dirigíamos a la tienda, cruzábamos frente al escaparate de una juguetería. Yo me quedaba hipnotizado con una Harley Davidson en miniatura que tenían expuesta; no era mucho más grande que el tamaño de un tazón, pero lo suficiente como para hacerme ralentizar el paso cada día. Mi madre siempre solucionaba esas situaciones con un ligero tirón de manos y un «Vamos, tortuga…».

 

Una mañana mi padre se dio cuenta de la causa de mis distracciones.

 

– ¿Te gusta esa moto? – preguntó.

 

– Sí, se parece muchísmo a la de Orlando… –  que era un caricaturista que hacía ilustraciones a todo el que quería frente a nuestro negocio. Cuando veía a gente dispuesta a pagar por ser dibujado en un A3 con dientes exuberantes o narices kilométricas no lo podía creer.

 

Entonces mi padre se giró y caminó hacia la puerta de la juguetería, generando una mueca de felicidad en mi cara que se diluyó en cuanto vi que se volvía de nuevo hacia mí.

 

– Me lo he pensado, mejor –dijo–. Cuesta 330 pesetas, las tendrás que ahorrar. Tendrás que repartir panfletos del Zampapanda a la gente que pase por el paseo marítimo. Cada cien panfletos te daré 55 pesetas, y no podrás repartir más de cien por día. ¿Cuántos días vas a necesitar?

 

Seguimos yendo hacia la tienda y antes de que el olor a maíz tostado hiciera acto de presencia, ya había concluido que necesitaría seis días. En lugar de frustrarme, me sentí contentísimo por pensar que tendría la recompensa en mis manos en menos de una semana; eran otros tiempos, éramos otra especie de niños.

 

Seis días mirando cómo mi hermana compraba chucherías y yo no podía, ofreciendo los productos del Zampapanda a cada persona que pasaba por el paseo, con Orlando burlándose de los rasgos de los transeúntes a través de su carboncillo, charlando con mis amigos del Topmanta e inundándome de sus anécdotas… Todo bajo la atenta mirada de mi padre mientras servía a la clientela que le iba enviando.

 

Hacía gracia que un niño de doce años que aparentaba nueve, pasara con sus patines repartiendo folletos y animando a consumir en la pequeña choza. Cuando me paraba a observar a mi alrededor, recordaba la frase que mi abuelo dijo una nochebuena, sin pensar que nadie pudiera recordarla años después, «Hay que vestir realmente mal, para que te llamen hortera en Gandía». No le faltaba razón.

 

Finalizó el sexto día, que fue tan largo y tedioso como los cinco anteriores juntos, y antes de que mi padre me diera las últimas 55 pesetas, le entregué todo lo que me había dado hasta entonces para que me comprara la dichosa miniatura.

 

La mañana siguiente mi tío nos vino a buscar a casa en una Citroën C-15, su motor, más que sonar, clamaba auxilio. Nos llevó a todos al Zampapanda, a excepción de mi padre que decidió ir caminando. Mi tío nos acompañó a la playa a mi hermana y a mí, y nos dimos unos baños mientras mi madre abría la tienda. Entre ola y ola, logré distinguir que mi padre ya había cubierto su calva con el pañuelo – hecho por el que le llamaban el pirata –, me sequé y me fui corriendo hacia él.

 

– Juli ­– Así llamo siempre a mi padre –. ¿Me has traído la moto?

 

– ¡Claro que sí! – me contestó desde el otro lado del mostrador, sacando una miniatura de una Honda CB-R verde pistacho.

 

Probablemente hoy hubiese contestado «No jodas, tío. ¿Te estás quedando conmigo?», pero por aquel entonces dije:

 

– Juli, creo que esa no es la moto que quería.

 

– ¿No? ¿Mira a ver si es esta?

 

Perdí de vista a mi padre al agacharse tras la barra, subió de nuevo y sacó otra motocicleta de motocross. Volví a negar con la cabeza, volvió a sonreír y repitió la operación sacando otra miniatura, y después otra, y después otra, y así hasta sacar la colección entera, hasta finalizar con la Harley Davidson negra con manillar cromado.

 

– Te las has ganado, así funciona la vida.

 

Me dijo Juli, el Pirata, y mi recuerdo se esfuma entre su mirada y la mía en plena competición por saber quién está más orgulloso de quién.

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