¿Hay fantasmas en tu casa?

fantasmas en casa

Me hubiera gustado pertenecer a una familia con alta tradición espectral. De esas que conviven con los fantasmas con la mayor naturalidad del mundo. Familias cuyos árboles genealógicos no consienten que sus hojas terminen de caer y por esa razón permanecen vinculadas al mundo de los vivos después de muertos.

Sí, ser algo así como los del Valle de La Casa de los Espíritus o los Buendía de Cien años de soledad.

No puedo decir que la comunicación esté completamente interrumpida en nuestro caso, tal vez, estamos tan en modo terrenal que hemos obviado el espiritual. Y puede que nos estén llamando a gritos pero tenemos demasiado alta la tele para poder oírlos por encima del griterío de la caja tonta.

 

Recuerdo haber escuchado historias de apariciones en la rama materna de la familia y la presencia fantasmal tuvo su fin en mi hermana.

 

Hay fantasmas en mi casa

Escrbí un relato sobre ello, aunque adornado de una pizca de ficción. En la versión más real, mi hermana recibió en varias ocasiones la visita de la abuela materna, a la que nunca conoció, de la que nunca vio una foto y a quien describía con tal precisión que mi madre sentía terror cuando escuchaba la naturalidad con la que su hija hablaba del fantasma. 

 

fantasmas en casa

 

Mi abuela recibía por las noches a mi pobre abuelo, fallecido demasiado pronto como para no echarlo de menos cada día, y le lloraba a él porque no quería hacerlo delante de sus tres hijos. Mientras, unos niños demasiado pequeños para entender el dolor de una madre sola en la peor época de nuestra historia, escuchaban detrás de una puerta solo la mitad de una conversación a la que le faltaba un interlocutor, igual que a la mesilla de su habitación le faltaba una pata.

 

En realidad, yo también tuve unas cuantas dosis de apariciones paranormales con mis retoños. Y algunas llegaron a asustarme de verdad.

 

Mis hijos hablan con un fantasma

Mis aborrescentes se llevan 23 meses y han jugado juntos durante mucho tiempo. Ahora pelean juntos todo el día, así que más o menos, todo sigue igual.

Un día empezaron a hablar entre ellos de un tal Fortis. Un compañero del cole que ambos conocen, pensé, nada fuera de lo común.

A veces los sorprendía hablando con algo en el vacío y, si les preguntaba, me decían que era Fortis. ¿Un amigo invisible común? Nunca había oído nada similar, pero todo puede ser.

Íbamos al monte a dar un paseo y ellos se paraban para esperar a Fortis…

 

¿Y si Fortis era más real de lo que yo quería reconocer? ¿Y si compartíamos piso con un fantasma y ni siquiera pagaba alquiler?

 

Por suerte, con el tiempo Fortis se fue haciendo tan invisible para ellos como lo era para mí y ahora es solo una anécdota que compartir en las cenas de amigas. No tengo el valor de preguntarles a ellos si Fortis era algo más que un juego. Por si acaso.

La segunda vez que creí tener una conexión espiritual o con el más allá por mediación de mis dos diablillos estuvo a punto de costarme un accidente de coche. Y, para ser honesta, debo reconocer que soy un poco responsable.

Durante unos años, me iba con mi madre y los niños a las fiestas de la Virgen de nuestro pueblo. Veíamos la procesión desde la ventana de mi tía favorita, y mi hija se ponía como loca cuando la veía. Gritaba como una loca poseída: mira mami, ¡la Virgen!, juntando sus manitas más que acompañando a una plegaria, en un claro gesto de admiración por el boato del paso.

 

fantasmas en casa

 

Entonces mi niña era muy de joyas, tacones, brilli brilli y cosméticos. De todo esto, solo le queda la pasión por el eyeliner, cuya longitud es inversamente proporcional a su bienestar emocional. Truco de madre resabiada para las que estáis empezando en esto de la maternidad de niñas.

Cada año mi pequeña se emocionaba a la vista del florido manto de la Virgen, y yo me olvidaba por completo de su devoción hasta el siguiente mes de septiembre.

Y un día, de camino a quién sabe dónde, mi niña empezó a gritar emocionada que había visto a la Virgen. Volantazo, corazón a mil por hora, miedo por todo el cuerpo… Solo me quedaba tomar la primera salida hasta que las piernas dejaran de temblarme.

No sé dónde podía haber estado la Virgen en ese momento, pero yo no quería montarle un santuario a la niña y vender rosarios. No veía yo el negocio de los milagros afincado en nuestro patio trasero.

Sacando el valor de donde no existía, una vez aparcadas a salvo de temblores, le pregunté dónde había visto a la Virgen.

Pero no te acuerdas mamá, en casa de la tía, desde la ventana.

La madre que la cagó. Pero por qué tanto ímpetu semanas después. ¿Qué perverso mecanismo mental la había llevado de vuelta a las fiestas patronales y a ese balcón por el que asomaba medio cuerpo para verlo todo sin perder detalle?

 

Ese día nosotras dos podríamos haber pasado a engrosar la lista de fantasmas familiares, porque no nos matamos porque la Virgen, esa amiga de mi hija, no quiso.

 

Las cosas en casa desaparecen o cambian de sitio 

El penúltimo espectro vivido fue en unas vacaciones de verano. Durante una noche mis hijos, que compartían habitación, contaron, aterrados, que habían pasado una noche terrible siendo objeto de la burla de un ente que les quitaba las sábanas y golpeaba los cabeceros de sus camas.

Al día siguiente, me hice la valiente y fui a dormir con ellos a la habitación maldita. Mientras ellos descansaban plácidamente, yo no conseguí pegar ojo presa del pánico, a pesar de que no ocurrió nada en toda la noche.

Han transcurrido unos cuantos años desde aquella experiencia, pero creo que en mi casa sigue habiendo fantasmas: objetos que desaparecen sin dejar rastro y que, por supuesto nadie ha visto ni tocado; monedas que se pierden para nunca volver estando en mi bolso, llamadas que aparecen en el móvil de mi madre sin que yo haya marcado, amigos de Facebook a los que los abuelos no han aceptado, pero que ahí están, perfiles en redes sociales que ellos no han creado pero que me solicitan mi amistad, rollos de papel higiénico que nadie recuerda haber acabado y que penan por el baño en busca de la basura correspondiente…

Sí, los fantasmas nos acompañan de día y de noche. Unos están más vivos que otros, pero siempre serán un misterio. Ese es su encanto.

¿Tú tienes tradición espectral en tu familia? Cuéntamelo, pero cuando sea de día, que, existan o no, a mí me dan mucho miedo.

 

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