Hermanas y Amigas

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Hace años que padezco un ataque de lesbianismo fraternal. Pero sin sexo. Y muy a pesar de que dicen que todos llevamos dentro un ser deseando salir del armario, el mío de momento se queda dentro, pero me he dado cuenta de que quiero vivir con mi hermana. Solo con ella. Porque es hermana y amiga.

Lo sé, lo que siento hacia mi hermana es ¡muy fuerte, tía!

La quiero más que a mis hijos la mayoría de los ratos.

Dígase en mi defensa que los niños en cuestión tienen 18 y 20 años y son más egoístas que el gigante del cuento. Que los veo tan de cuando en cuando que en vez de un beso les suelto dos, como si me presentaran a dos desconocidos...Que hoy digo tamaña burrada y mañana trataré de comérmelos a besos. Y no dudo de que no se dejarán.

¿Es mejor tener una hermana o una amiga?

Solo estoy completamente feliz en su presencia. No siento las mariposas en el estómago que revoloteaban cuando veía al que hoy es mi marido acercarse hacia mí. Ni se me arruga el chichi del “gustirrinín” como dice ella que le ocurre cuando algo le produce miedo o placer. Pero me siento a su lado y el silencio no es incómodo, las risas están aseguradas. 

Es mi confidente. Y no me juzga nunca. Le cuente lo que le cuente, sabe escuchar sin emitir juicios de valor. Me orienta, me obliga a empatizar si yo me pongo obtusa con alguna persona, me hace reflexionar, llegar por mí misma a la solución del conflicto… Una buena maestra en todas sus expresiones. No me da un pez, me enseña a pescar.

Es la mejor guía espiritual que he conocido. Siempre te dirige hacia la luz, y no a la que perseguía Caroline en la saga Poltergeist, que esa era mala, mala, mala.

La perfecta compañera de viaje. Se duerme en el coche hasta cuando conduce. Eso se traduce en que puedo escuchar la música que me dé la gana, abrir la ventanilla, elegir la ruta sin discutir con nadie y parar a hacer pis sin tener que esperar a que me reviente la vejiga. Con ella se pueden hacer cuantos altos en el camino consideres necesarios, incluso para hacer fotos para Instagram en un campo de girasoles. Son su especialidad.

Hemos dormido en la misma cama muchas veces y no nos molestamos. Ni nuestros sonoros silencios nocturnos nos perturban el sueño mutuo.

Si se me han acabado las pastillas de colores que me devuelven la felicidad, lo que viene siendo los antidepresivos, saca su botiquín de su bolso de Mary Poppins y me da a elegir una pirula mientras me pide hora en el médico para que recupere la receta y la cordura.

Ejerce de lectora de los borradores de mis novelas, aunque se los tenga que leer doce veces en dieciséis versiones distintas. Y nunca me pone una mala cara por pesada, a pesar de que razones no le faltan.

Es mi mayor fan, “grupi”, admiradora, como quieras llamarlo. No ve más que las cosas buenas que habitan en mí. Y eso que no usa casi nunca las gafas...

Ella me hace sonreír, reír como si no hubiera un mañana, llorar de risa, asaltar a famosos solitarios en fiestas ajenas, patear las ciudades, mirar hacia arriba, coser lo descosido, cocinar mientras me habla, beber cerveza y brindar en cada trago, reinventar la ilusión de estar viva, caminar hacia delante sin mirar lo que he dejado atrás, y, sobre todo, creer en mí misma.

Lo tiene todo, pero no me pone, sexualmente hablando.

Así que no tendremos una relación incestuosa, aunque sí que estamos preparando un plan para escaparnos juntas cuando seamos dos viejennials jubiladas. Nos iremos a vivir sin nuestros maridos. Un Grace y Frankie a la española. Con nuestros hombres nos aburrimos hace años, y discutimos esporádicamente, y entre nosotras hay mucha más armonía y complicidad.

Porque de eso va la vida, ¿no? De vivirla, que no siempre se te brindan segundas oportunidades. Solo pensar que vamos a estar juntas en la cuesta abajo de nuestra existencia ya nos da los ánimos y la fuerza para quitarnos de encima cualquier elemento tóxico que nos rodee. Queremos ponernos el mundo por montera incluso en la tristeza. No tenemos intención de mencionar siquiera a la mala suerte, porque no creemos en ella. Vamos a seguir siendo las dos personas del sexo débil más fuertes que conocemos. Vamos a compartir con los demás las alegrías y callar las penas, que si las dices en alto les das forma, y nosotras no queremos tristezas cerca.

Y tú ¿también tienes una hermana así?, ¿una amiga hermana?

 

 

 

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