Gimnasia pasiva o cómo adelgazar sin despeinarse

gimnasia pasiva

En los locos 80, mientras los Hombres G se desgañitaban exigiendo la devolución de una chica sin ticket de compra, mi madre y sus amigas cuchicheaban sobre los efectos de la gimnasia pasiva. La moderna de la pandilla se había apuntado y esperaba un milagro

En mi mente inocente, esos dos conceptos no tenían ningún sentido juntos, así que, creyéndonos unos mini Ángeles de Charly, mi hermana, mi prima y yo nos embarcamos en la loca aventura de saber en qué consistía el invento. Porque yo me imaginaba a las señoras en sillones multiarticulados, leyendo el Hola! y subiendo las piernas aleatoriamente ayudadas por el engendro acolchado donde reposaban sus posaderas. 

Demasiada ciencia ficción.

 

Eva Nasarre hacía gimnasia no pasiva

 

 

 

Eva Nasarre sudaba las mallas en La 1, nosotras tres practicábamos deporte semanalmente después del colegio y Google no existía. La única manera de saber un poco más era a través de encuestas: o le preguntabas a tu madre o interrogabas a tus amigas.

Si elegías la primera opción, la respuesta solía ser siempre lanzamiento de zapatilla. Modalidad deportiva que debería ser olímpica.

La segunda te llevaba a un callejón sin salida.

Pero los Ángeles nos habían enseñado que siempre había una tercera opción. La nuestra era la más arriesgada: espiar a nuestras madres.Y lo hicimos.

Fue un fiasco desvelar el misterio, aunque muy enriquecedora la experiencia.

Pasamos muchas tardes tumbadas en el suelo con los vasos de Duralex pegados a la puerta de los salones donde nuestras madres y sus amigas se reunían espiando sus conversaciones.

Supimos en qué consistía la famosa gimnasia pasiva y fortalecimos nuestras relaciones fraternales. Todo fueron ganancias.

 

Hoy, a la gimnasia pasiva la llamamos electroestimulación.

 

Nos apuntamos un tanto de modernidad, pero el efecto es el mismo. 

Yo, que ando un poco obsesionada con la lorza que se ha instalado en mi cintura, lo probé durante una temporada. Venía un tipo a casa, al que apodé "el chispas" por razones obvias, me empapaba, me ponía un chaleco y me enchufaba.

A calambrazos se muere, no se pierde grasa.

Si alguna piensa que suena sexi, contactadme por privado y os paso el teléfono de un amigo psiquiatra...

 

 

 

El gimnasio siempre me ha dado un poco de pereza, y eso que he estado apuntada en muchos. Pero es que hay una fauna impredecible. 

 

Mi relación con el deporte ha tenido altos y bajos y, en estos momentos, es inexistente. 

Esta es una retrospectiva de aquellos años en los que mis músculos respondían a mi voluntad.

 

No sé si el ballet se considera deporte, pero sí recuerdo que con tres años lo practicaba. Por lo menos me vestían con un tutú azul cielo.

Era como si a un bulldog francés lo disfrazas de bailarina en carnaval. Porque yo a esa edad tenía cara de malas pulgas todo el día.

Y estoy por afirmar, sin temor a equivocarme, que no hacía gran cosa en esas clases. 

Mi segunda experiencia deportiva fue con escasos siete años con el judo. Me gustaban el traje y el profesor.

Siempre he sido precoz en el amor.

Era la alumna más joven del grupo (por no decir la más pequeña) y mi adorado profesor me utilizaba de sparring. Me pasé dos años volando por los aires y dándome unas hostias de cuidado, pero feliz de que me las diera él. Me había enseñado a caer muy bien y apenas me dolían. No recuerdo haber pasado ninguna prueba, pero sí haber llegado a tener un cinturón blanco y amarillo. A veces pienso que me lo pintó mi madre para que me sintiera realizada y poder sacarme de aquel potro de tortura sin que llorara. Eso se me daba muy bien.

 

Tras un período de reflexión, me sobrevino una repentina vocación por el baloncesto. No había entrenadores guapos a los que admirar, ni tenía altura suficiente para ser siquiera utillera, pero mi hermana se había apuntado y yo no quería quedarme atrás. Nunca llegué a aprender las normas. No encestaba ni una. Pasaba más tiempo en el suelo enredada con mis pies planos que defendiendo la pelota. Pero no me rendía. Hasta que llegó el momento de abandonar porque no había niñas suficientes para mantener los equipos. Fue un alivio. Sobre todo para mi hermana que se avergonzaba de la torpeza de su pequeña pesadilla.

Y, entonces, encontré la gimnasia rítmica. Yo, que era tan flexible como un azulejo, pretendía emular a Marta Bobo.

 

Más me valdría haberme apuntado a la gimnasia pasiva…

 

Le puse muchas ganas y un chándal de Snoopy color plátano que causaba sensación.

Era una disciplina hecha para mí. Se hacía con música, llevabas mallas de colores vistosos y era obligado sonreír constantemente. Yo me creía buena, me venía arriba. Incluso llegué a competir con otras cinco amigas en la modalidad de conjunto en un campeonato. Y quedamos segundas.

Gracias a Dios me llegó la adolescencia y me dio por salir por las noches, beber, fumar y alternar con chicos. Hubiera sido un desastre si hubiera pretendido hacer carrera como gimnasta. Sonreía mucho, mi cara era de alta competición, pero el resto no acompañaba. Y el resto era lo más importante.

Ya en la edad adulta, fuera de actividades extraescolares de colegio de monjas, tuve que conformarme con los gimnasios. La primera vez que fui a uno estaba perdidísima. El monitor era un tipo muy bajito, de barba poblada y tan mazado que parecía un centollo. Se pasaba el día con los brazos en jarras porque si no, parecía Ulises 31 en plena levitación con los brazos colgando a ambos lados y sin rozarle las caderas.

Cometí la estupidez de invitarlo a una fiesta y resultó ser un poco psicópata. Se llevó a mi pobre hermana a dar una vuelta con su moto y casi no nos la devuelve. Fue la excusa perfecta para abandonar el mundo de las pesas.

Durante muchos años tuve el privilegio de comer lo que me diera la gana y no engordar, volverme anoréxica, casarme y tener un hijo.

Embarazada me dejé ir. Comí por mí y por todos mis compañeros. Y no sentía remordimientos. Un caso único entre un millón. Por suerte, como el niño me salió hiperactivo, a los seis meses estaba tan delgada como antes de que mi marido me plantara la semilla.

Antes de que me diera cuenta mi esposo me demostró que era buen jardinero porque ahí estaba el Predictor diciendo que había arraigado otra vez la semillita…

Otra vez gorda, otra vez delgada, otra vez loca…

 

Con dos hijos, trabajo a tiempo completo, una casa y muchos nervios no tenía que preocuparme por el ejercicio. Estaba fibrosa y delgada como un junco.

Desgraciadamente, lo bueno no dura eternamente, los años fueron cosiendo kilos a mis carnes con hilo de pescar y ese no lo descose ni el fuego.

Tú qué crees ¿volví al ejercicio o me dio por huir hacia el lado oscuro?

 

Continuará. Si quieres…

Recibe mis últimos posts