Sin hacer ruido

sin hacer ruido

Llevo tiempo callando más de lo que digo.

Postponiendo mis necesidades por las tuyas. Por las vuestras.

Hace demasiado que mi vida no es mía sino tuya, suya. Vuestra.

Y hoy voy a romper la barrera del miedo a quedarme sola. Porque es mejor no tener con quién hablar que sentir el dolor que suponen las palabras atascadas en medio de la garganta. Todas las que tengo que callar a diario para que tú, ellos, vosotros podáis seguir viviendo sin saber de mis preocupaciones.

Mi mochila pesa mucho más de lo que puedo arrastrar.

Porque no solo llevo mis piedras, que son demasiadas: mis inseguridades, mi tendencia depresiva, mi falta de amor propio, mi rechazo a mi propio cuerpo, rostro, piel, carácter, olor… Mis fracasos para contigo, conmigo, con ellos. Nosotros.

Creí que eras un regalo y te mimé como si fueras el objeto más preciado de mi existencia. Tanto, que olvidé quererme, porque ya tenía el cupo completo con mi amor hacia ti. Tú significabas todo lo que afirmaba no ser yo.

Hoy, con el alma rota y el corazón destruido, sé que no hice bien.

¿Recuerdas a la vanidosa flor de El Principito? Tan protegida, tan adulada que se olvidó de devolver parte de su amor a quien se había desvivido por ella.

Tú eres mi flor. Yo un estúpido Principito que supuso que algo le sería devuelto.

Pero mi mano está extendida hace una década y no le ha caído ni una mísera limosna.

Y esta vez no me voy a responsabilizar del todo. Porque ambos somos adultos. Aunque tú te hayas comportado como un niño egoísta durante la gran mayoría de nuestra vida en común. Huyendo cuando las responsabilidades de constreñían, viviendo siempre con el viento a favor, aun cuando soplase en contra para mí.

He desgastado la palabra cariño, porque amor, ya no significa nada. Puede ser costumbre, dependencia, miedo, caridad, lástima, pero no amor.

Porque hace tiempo que me repugno y leo lo mismo en tus ojos. Y por mucho que me asome a ellos en una frenética busca de algo de la fuerza que nos unió hace una eternidad, no encuentro ni nuestra obsoleta declaración de intenciones.

Podría decirse que somos compañeros de piso, si no fuera porque en nuestra convivencia trajimos al mundo nuevos seres. Hablo de nuestros hijos, aunque no los sienta como tales.

¿Y si el problema es que se me ha agotado la capacidad de amar? ¿Y si tanta medicación para lograr sobrevivir hubiera matado todos mis sentimientos?

No. Es imposible. Porque sí sufro. Y río (aunque jamás contigo). Y envidio. Sigo viva, despierta, hundida.

Ni siquiera tengo maletas que llenar. Adonde voy no las necesito. Me siento acorralada, a punto de estallar, sin otra salida que no sea la muerte, el descanso eterno… ¡por fin!

No es la primera vez que lo pienso. Ni siquiera la primera que lo intento.

En aquella otra ocasión ni siquiera estabas a mi lado. Habías huido, como tantas otras veces. No te esperaba, así que hubiera sido el momento preciso. Sin embargo, erré en el método.

Nunca lo supiste. Porque nunca me miraste más allá de un vistazo superficial. Porque yo tampoco te dejé. No podía permitirme compartir contigo mis miserias. Tenía miedo de que si me veías, me abandonaras.

Hoy soy yo la que no quiere verte. Te miro con los ojos cerrados. Finjo que respiro y ensayo en la bañera cómo será mi vida sin aire.

Siento un gran alivio debajo del agua. Una desconocida sensación de sentirme en casa. De vuelta a un hogar abandonado. Y justo en ese momento en el que los pulmones quieren estallar como un frágil globo, mi estúpido cerebro ordena a mis músculos que saquen mi cabeza del líquido templado, tan reconfortante.

Nunca he sido buena en los deportes, por mucho que entrenara, siempre, todos, eran superiores a mí. Pero este entrenamiento será el último, y no voy a permitir que nadie me impida que lo haga de la mejor manera que sé. Mejor que todos los demás.

Antes vomitaré todas mis palabras y lloraré mis desgracias.

Voy a dejar pintado un lienzo con esta vida que no me ha pertenecido jamás.

Y esta noche no cogeré el coche, porque necesito viajar ligera de responsabilidades. Y mi pragmatismo me impediría llevarme las llaves conmigo.

Solo mi alma irá desnuda. Nada me ha pertenecido y nada me llevaré.

No voy a pedirte que cuides de tus hijos. Porque esta noche dejarán de ser míos. Ni siquiera sé si sabrás cuidar de ti. Siempre has dicho que era hora de que echaran a volar solos. Aunque tú jamás hayas levantado el vuelo, siempre viviendo a la sombra de lo que fuiste…

Llevo mi poción mágica, la que me transportará a esos mundos que deseo visitar. Unas píldoras que son ahora mi seguro de vida. ¡Qué curioso! ¿no?, hablar de vida cuando me conducirán a la muerte.

Y he dejado el miedo colgado en el armario, junto a la ropa que dejé de ponerme porque a nadie le importaba mi aspecto. Es ahí donde debe quedarse.

No me echaréis de menos, tú, ellos, vosotros. Y ni siquiera alcanzo a analizar si me importa.

¡Qué más da!

No estaré a vuestro lado para vivir vuestros escalofríos cuando queráis imaginar si pasé frío. No secaré vuestras lágrimas cuando sepáis que mi mar acogió mis últimos momentos. No cogeré vuestras manos cuando sintáis que el abismo os arrastra hacia un pozo oscuro de incertidumbre sin mí.

Perdonadme una vez más. Por no haber sido lo suficientemente valiente como para cruzar la puerta sin más ambición que la de que os olvidéis de mí.

Por mucho que me pese yo no sería capaz de borraros de mi vida.

Mejor borro mi existencia.

Mejor dejo de respirar.

Mejor me voy sin hacer ruido.

 

 

 

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