Carta a mi marido

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La vida en pareja no siempre es un camino de rosas. Bueno sí, si le sumas las espinas, puede que encuentre las semejanzas. Hoy le quiero escribir una carta a mi marido, una declaración de intenciones de mi amor, del sentido de nuestra relación.

En realidad, hablo por ti también. Porque en el fondo todos estamos cortados por el mismo patrón.

 

Querido esposo,

Hace unos meses cumplimos aniversario bajo el mismo techo. Y digo cumplir, que no celebrar, porque aparte de la pandemia y la imposibilidad de hacer una escapadita o salir a cenar, nosotros hace años que no lo celebramos. Incluso, diría que, si no lo apuntamos en el móvil, se nos olvida felicitarnos.

Si quieres, puedo caer en la cursilería de decirte que para mí todos los días son un motivo de celebración. Aunque, bien mirado, puede ser verdad…

Es un milagro que entiendas mis cambios de humor: aguantar mi perorata el día que me levanto con el ánimo arriba del todo y con ganas de compartir, o limpiar mis lágrimas cuando siento que mi mundo es un castillo de naipes y se desmorona con un ligero golpe de viento. Es lo que tiene haber nacido mujer y estar condenada de por vida a la tiranía de las hormonas.

 

Por exceso o por defecto, nos joden la existencia.

 

Yo, en cambio, no tengo que sorprenderme cada mañana con un marido diferente. Eres aburrido la mayoría de los días desde hace varios años. Y te quiero, no me vayas a malinterpretar, pero que seas tan callado, que te importe un carajo estar semanas sin pronunciar una palabra, a veces me saca de quicio. No te engaño si te digo que a veces pienso en inventar una mentira como que te he sido infiel a ver si al menos así reaccionas…

Pero no sería capaz, mi amor.

No sería capaz de tener un amante. ¡Qué pereza! Si ya me confundo con el nombre de los dos niños y los dos perros, imagina meter una quinta o sexta incógnita en la ecuación de mi vida. No creas que es tan solo una cuestión de falta de memoria. También es una falta de apetito sexual. De nuevo las hormonas haciendo de las suyas…

En realidad, aquí entran dos variantes en escena. La primera es fisiológica y tiene que ver realmente con ellas, pero hay otra de la que nunca hablamos, pero que hoy te confesaré. Y es que me he dado cuenta de que tenemos horarios cambiados. Que tú eres más de por la mañana y yo más de por la noche. Vamos que tú te levantas pronto y te acuestas antes y yo al revés. Como no fuera en la siesta, iba a ser imposible. Y ya no tenemos hijos pequeños a los que poder dormir. Somos como los protagonistas de la canción Cruz de navajas pero sin cuernos de por medio.

 

¿Es que en este país todo el mundo es infiel?

 

Hemos pasado por nuestras crisis y las hemos superado. Así que debemos estar orgullosos de nosotros y de lo que tenemos.

Y eso que somos más que diferentes. Creo firmemente que los opuestos se atraen, porque tú y yo no tenemos nada en común.

Yo hablo mucho. De hecho, algunos amigos nos han dicho que no es que tú seas callado, es que yo no te dejo hablar.

No estoy nada de acuerdo. Cuando te dejo, tampoco hablas.

Tú eres tranquilo. Yo diría pachorra, pero eso sonaría a reproche, y esto es una carta de amor. Yo soy nerviosa e hiperactiva. Me gusta estar haciendo cosas constantemente. Me da igual limpiar (tómalo con pinzas, que te veo venir), hacer manualidades, pintar, arreglar cosas en casa…

Aun recuerdo cuando te pedí una vez que cambiaras una bombilla… era de luz roja y te comenté, entre risas, que me recordaba al indicador de un club de carretera. Sí, es esa, la que sigue en el cuarto de las escobas. ¡Qué tiempos aquellos!

Creo que nos cuidamos bien el uno al otro. Yo soy una obsesa de las dietas equilibradas. Puede ser también porque cuando mis hormonas se jubilaron engordé lo que no había hecho en los 40 años anteriores. Equilibrio en la alimentación para no seguir cogiendo kilos. Para no desentonar tanto contigo que has ido perdiendo todo el peso que he debido encontrar yo.

 

¡Si es que no sabes buscar, te lo digo siempre! Porque cuando yo voy, lo encuentro. Hasta los kilos.

 

Me encantan tus preguntas del tipo: ¿has visto dónde he puesto mis calzoncillos?. Siempre me pregunto cómo los pierdes. ¿Dentro de casa? ¿Cómo te los quitas? ¿Qué haces con ellos? Porque no tienes comportamientos sospechosos, si no, sería para mosquearse…No cielo, yo no uso tus calzoncillos. Y no por nada, solo porque mi culo no entra dentro de ellos.

Si debo elegir lo que más me gusta de nuestra convivencia en pareja es que ya no discutamos. Sobre todo, desde que has perdido oído. Me miras, no me rechistas jamás y me dejas desahogarme. Aguantas como un campeón. Tenía previsto regalarte un audífono para tu cumpleaños, pero creo que voy a ser un poco egoísta y me lo voy a evitar. Adoro esta paz.

Tu trato con nuestros hijos es intachable. Yo represento al látigo de Dios, quien se pasa la vida diciendo lo que hay que hacer y lo que no, echándoles en cara su falta de higiene en las habitaciones y el baño, su egoísmo cuando no piensan en nosotros, la conductora de los sermones semanales para intentar poner orden en el caos adolescente. Tú me acompañas con la cara muy seria, apretando las mandíbulas para que vean que estás serio y tan enfadado como yo.

 

Tú les has enseñado a nadar y a montar en bici. Y eso no se olvida jamás…

 

Yo les he gritado que dejen de perder la ropa en el colegio que nuestra casa no es El Corte Inglés y les he dado clases de todas las asignaturas, hasta de cómo hacer una cama en condiciones. Y suspendieron...

Nuestra convivencia es el remanso carente de paz donde soy feliz y quiero vivir. Que, como digo siempre, la vida real no es Instagram.

Espero de todo corazón que podamos seguir cumpliendo años juntos. A lo mejor hay que retocar algún punto de nuestra convivencia, pero en líneas generales, yo creo que hemos llegado al equilibrio.

Te quiero.

 

*Querido esposo real, si lees esto, ya sabes que lo mío es el humor. Que no eres tú, sino el marido de una amiga que quiere mantener el anonimato. Y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

 

 

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