Mar del Olmo

El nido vacío

nido vacío

 

A pesar de considerarme «plumofóbica»  convencida por rama materna, he descubierto que esos seres alados y los humanos tenemos mucho en común.

Por ejemplo, cuando estamos esperando un bebé, muchas mujeres experimentan el síndrome del nido, que consiste en un estado de hiperactividad, que se da en las últimas semanas del embarazo y que es muy frecuente, sobre todo, en madres primerizas. Estas madres realizan todo tipo de trabajos en casa, que anteriormente nunca habían hecho, para que, cuando llegue el bebé, todo esté preparado. Por ejemplo, limpiar techos, pulir suelos, ordenar los armarios de un modo distinto o pintar las habitaciones de otros colores.

 

nido vacío

 

Un trabajo inútil, porque cuando llega el nuevo miembro a la familia todo es caos de pañales y camas revueltas hasta que te haces al horario y las costumbres de ese polluelo que no deja de piar cuando tiene hambre o está sucio, tiene frío o calor, el pobre no conoce otra manera de llamar la atención.

Cuando pasado el tiempo, variable en función del interés y la curiosidad que sienta por el mundo el pollito,  este empieza a querer moverse erguido; y ahí estarán los orgullosos papás, hinchados como pavos, para enseñarle a caminar.

Ellos creen que es el primer paso hacia la independencia del retoño, pero es una ilusión óptica basada en su amor ciego, porque sin ánimo de contaros el final, es probable que pasen unos 420 meses hasta alcanzar ese momento. Haced vosotras los cálculos, no he querido daros el susto, aquí no hemos venido a sufrir, para eso tenemos el banco o el supermercado.

A medida que nuestro bebé descubre el mundo y aprende cosas nuevas, las caras de los progenitores adquieren una mirada de admiración que parece indestructible. Hasta que llegan los 8 o 9 años, la conocida edad de «la patada en el culo».

 

nido vacio

 

No hace falta mucha explicación, pero está claro que el bebé ha dejado de serlo hace tiempo, ha perdido la frescura, la curiosidad por el mundo y sufre su primer arrebato adolescente. No me lo invento, está demostrado clínicamente. O al menos eso me hizo a mí creer la pediatra cuando mis hijos cambiaron radicalmente al llegar a esa edad.

Cuando ya empiezas a observar que tus hijos no te pertenecen tanto como indica el posesivo, llega la temida adolescencia. Un zas en toda la boca, un ruptura a mordiscos del cordón umbilical, una preparación para una separación que, por ley de vida, debe llegar. Siguiendo con el símil, podríamos decir que los hijos adolescentes cambian de plumas. Abandonan los colores que tú habías elegido para ellos con esmero para decantarse por diseños que a ti te espantan. Tú te crees que vas a negociar con ellos razonablemente una vuelta al redil, tu redil, pero, en realidad, lo que haces es tratar de imponerte con una sonrisa falsa que no pasa desapercibida a unos niños que han dejado de serlo.

Esta fase del crecimiento es fundamental para la salud mental futura de los padres. Cuando consiguen salir ilesos de la eternidad que dura.

Es durante la adolescencia de nuestros hijos cuando nos preparamos y los preparamos para que ABANDONEN EL NIDO DE UNA VEZ. Les pagamos los estudios, les animamos a que encuentren un trabajo de fin de semana para que aprendan lo que cuesta ganar el dinero, los enviamos a aprender idiomas al extranjero o una academia, los apuntamos a deportes de equipo e individuales, los animamos a que acepten invitaciones de sus amigos a pasar el verano lejos de casa… Todo parece poco para librarnos un rato largo de ellos y que experimenten en sus carnes la independencia.

 

nido vacio

 

El amor no ha disminuido un ápice, pero seamos realistas, el carácter de ambas partes ha cambiado y sus costumbres no siempre son las que tu pareja y tú inculcasteis en sus cabecitas mientras os creíais en posición dominante.  

¿Cuándo estáis ambos bandos preparados para afrontar con ilusión el síndrome del nido vacío?

El síndrome del nido vacío es un fenómeno en el que los padres experimentan sentimientos de tristeza y pérdida cuando el último hijo se va de casa. Y yo quiero estar triste porque los eche de menos, no por echarlos de más, como ahora. Quiero que vengan los domingos a comer y darles tarteras llenas de croquetas. No quiero pelearme cada cinco minutos por si la música está demasiado alta, el pasillo intransitable por sus zapatos, la cocina abarrotada de platos sucios… No quiero vivir preocupada cuando los veo arrastrar los pies y no me quieren contar qué les inquieta con la temida frase de que sus problemas son suyos. ¡Ojalá! Si así fuera, yo no sufriría por ellos. No deseo oírlos pelear, porque aunque ellos lo han olvidado a los tres segundos, en mi cabeza perduran sus voces durante días.

Quiero poder comer verdura todos los días sin tener que lidiar con una cara de asco delante. No verme obligada a recoger un plato intacto de la mesa porque alguien no vino a comer y no avisó. No discutir por a quién le toca poner la lavadora o quitar el lavavajillas, repetir lo de que hay que apagar las luces y cerrar los grifos.

Si alguien piensa que me he equivocado con la educación soy capaz de admitir mi culpa. No vinieron con las instrucciones pertinentes, y aunque le echamos mucho amor, también tuvimos poco tiempo por culpa de trabajos exigentes y alguien nos echó una mano con ellos, a su manera que no era la nuestra.

Son dos personas maravillosas pero necesitamos que vuelen solos y poder hacerlo nosotros.

¿Es esto egoísmo o evolución?