Se me ha llenado la cabeza de ideas místicas. De mis deseos adolescentes de convertirme en una monja iluminada, capaz de levitar como Santa Teresa de Jesús, he pasado a creer en los cursos de milagros, en que no hay varios dioses sino uno y que todos son en realidad una fuerza del universo, y que he venido a esta vida a cumplir con un propósito.
La primera tontería , la de encerrarme en un convento a cantar el Alabaré a mi Señor al ritmo de una guitarra, se me pasó cuando conocí a un tal Rafa Carbonell con apenas trece años, y que pasó a convertirse en mi propósito de vida durante un par de veranos: quería llevar su apellido cuando fuera una adulta responsable. Menos mal que los años te quitan esa estupidez y te convierten en un ser independiente que no pretendería jamás ser «señora de» (ni de Feroz, como la versión independiente y macarra de Caperucita), sino una Mar completa y entera, pero bien acompañada.
Las nuevas creencias siguen asentadas de manera confortable en mi alma y mi corazón, siento haber descubierto la razón de la existencia de la humanidad, pero me crean una inquietud que revuelve mi alma y no deja lugar al sosiego. Yo, que soy tan propensa a la hiperactividad, a llenar el cerebro de tareas para no pensar más de la cuenta, he encontrado la mayor causa de mis desvelos.
Recuerdo casi cada día una canción de la infancia que trataba de un payaso llamado Bruno que un día colgaba la nariz y el maquillaje y decidía no salir a la pista central a hacer reír a los niños. O a darles un susto de muerte, como sería mi caso. Cuánto daño ha causado la película It y Ronald McDonald. Bueno, a lo que iba, que el payaso cuelga los hábitos porque alguien le dice que él sirve para otra cosa, que tiene otra vida y debería encontrarla. Y ya han sembrado la semilla de la duda al pobre hombre que vivía feliz de manera itinerante y con un tigre como mascota. Si alguien tiene dudas sobre la canción aún recuerdo la letra entera que acaba con mi tranquilidad matinal desde hace lustros. Porque a mí creo que me ocurre lo mismo, aunque no recuerdo una voz externa que me dijera que tenía que encontrar mi camino, mi propósito de vida, esa razón inapelable por la que había venido a este mundo por decisión propia, escindiéndome de la fuerza amorosa principal del universo.
El caso es que creo que mi voz llegó hace cerca de seis o siete años desde mi memoria celestial (no me he fumado nada, lo dejé hace muchísimo, hasta el vapeo de hierbas). Cuando lo tenía todo, o eso podría parecer para quien mirara desde fuera, me entró el bajón y me sentí profundamente desgraciada haciendo lo que había hecho hasta el momento. Tardé un tiempo en lanzarme al vacío sin red y emprender un nuevo camino, pero ¿es el correcto? ¿Es este mi sitio? ¿Esta nueva tarea es mi propósito de vida?
Puede parecer baladí, pero para mí no lo es. Si he vuelto a errar en mi decisión, me tocará repetir curso de nuevo y no me veo yo muy terrenal. A lo peor soy dura de mollera y tengo que vivir infinitas existencias porque olvido cuál es el verdadero sentido que debo darle a mi vida.
Tengo miedo cuando hago repaso de mis tareas en esta vida que estoy transitando:
Sé qué quiero dejar tras de mí cuando no esté. Quiero dibujar sonrisas en los rostros de quienes me conocieron, quiero un recuerdo amable de mis hijos sin que me echen de menos, sino con orgullo por haberme conocido; deseo que rememoren mi humanidad, la mano que tendí, si es quelo hice, la capacidad de escucha que a veces me falla, la fortaleza que demuestro aunque yo no la vea.
No sé si puedo dormir tranquila sabiendo que si no despierto habré hecho los deberes para poder salir airosa de la aventura. Cuando entre otra vez en el sueño eterno desvelaré el misterio y, ojo, puedo volver para contaros si este artículo tiene algún sentido y si he superado la prueba.
Mientras tanto, os dejo pensando en cuál es vuestro propósito, vuestro lugar en el mundo, por si me ayuda a encontrar el mío y poder echar raíces de una vez.
Os leo.