Los grupos de WhatsApp

unirse a grupos de whatsapp

Cada vez que me llega una notificación de que me han agregado a un grupo de Whatsapp un sudor frío recorre mi espalda.

Y es que existen elementos diabólicos desde que el mundo es mundo: las brujas, hechiceros y la magia, blanca o negra, forman parte de nuestra historia.

Calderos con pócimas de humos verdes, cocinados a fuego lento con alas de murciélago y ancas de sapo bufo. ¿No te suena familiar?

Sin embargo, la evolución tecnológica ha llegado incluso al esoterismo. Hoy en día, puedes contratar a una bruja online y que le mande una maldición a tu vecino del 5ºA porque le has visto robar tus bragas del tendedero comunitario en repetidas ocasiones y lo niega rotundamente.

El mayor cambio ha venido de la mano del teléfono móvil. Los grupos de WhatsApp son la maldición del siglo XXI.

 

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Coge el tuyo y cuenta en cuántos grupos de whatsapp estás incluido.

Ahora, dime en cuántos te sientes cómodo.

De todos ellos, que supongo que serán pocos, ¿en cuántos participas activamente?

El número se ha ido reduciendo drásticamente, ¿cierto? Y es que al principio nos hizo una ilusión tremenda este servicio de mensajería, pero con el uso nos hemos dado cuenta de que maldita la gracia que tiene.

Existen varios tipos de comunas de las que hay que huir, en función de tu edad, estado civil, situación laboral, los frutos de tu vientre —si es que existen— y aficiones varias.

El otro día tuve la suerte de que la periodista Silvia Tarragona me entrevistara en su programa de Radio 4. Hablamos sobre «45 días por año» y salió el tema de los grupos de whatsapp del colegio. Ambas coincidimos en que nos sentíamos afortunadas de tener la edad suficiente como para habernos perdido ese terrible momento de la vida de nuestros cachorros.

Yo ya he sufrido lo mío con la correspondencia con las profesoras de mis aborrescentes. Teníamos un cuaderno, burda imitación del añorado género epistolar, que acababa el curso con muchas más horas de vuelo y uso que los libros de texto. Día sí y día también teníamos algo que decirnos. Y no solían contener alabanzas sobre los sujetos en cuestión.

Grupo de padres y madres del cole

En el trabajo he convivido con madres con hijos mucho más pequeños que los míos, y he visto su sufrimiento en los ojos.

El grupo de las madres y padres del cole es mucho peor que un cólico nefrítico y la extirpación de una muela al mismo tiempo.

Siempre hay alguien que lleva la voz cantante y avisa de que el viernes hay que llevar a los niños disfrazados de árbol para celebrar el día mundial del alcornoque.

Y tras el simple comunicado, se inicia la hecatombe en forma de alud de preguntas estúpidas: la madre de Matilda preguntará si puede ir de olivo que es su árbol favorito, el padre de Felipe dirá que si alguien ha encontrado el gorro de la piscina de su hijo en la mochila de sus retoños, la madre de Iker aprovechará la ocasión para decir que su hijo el día 14 no asistirá a clase porque van a aprovechar ese día que no dan clase en serio para ir a ver a los primos de Cuenca y los otros 30 progenitores del grupo contestarán con educados «vale, gracias» y «yo no tengo el gorro de Felipe», «yo tampoco» y «pasadlo bien» hasta saturarte el móvil con unos 120 mensajes insulsos que no tiene ningún sentido leer.

He pensado mucho en cómo conseguir no entrar siquiera en estos grupos.

Se puede argumentar que tu móvil es de empresa y que te vigilan hasta la caspa de las pestañas, por lo que no usas whatsapp para temas personales.

Puedes declararte analógico y tratar de convencer al personal de que no tienes un smartphone o simplemente puedes encasquetarle el marrón a tu pareja. El divorcio sale caro económica y emocionalmente, estás advertida.

Hagas lo que hagas, recuerda: no entres en ese grupo de whatsapp bajo ningún concepto.

 

El grupo de la familia.

Existen dos tipos de familia: la de sangre y la política. Así que en función de la relación que tengas con ambas, puedes sentirte atrapada en uno o dos chats.

Vamos a simplificar o me veré obligada a invitarte a algo de picar.

Pongamos por caso que no te llevas con la familia política lo suficientemente bien como para que te consideren un miembro más y que solo tienes el de tus padres y hermanos, sobrinos, hijos, tíos y lo que entre en el círculo más cercano.

Y, además, pongamos por caso que eres más o menos de mi edad. Eso quiere decir que tus padres tendrán smartphone con «Feisbut», «Guasa» cámara de fotos y dos o tres potros de tortura más.

 Al principio te producirá un orgullo inmenso ver cómo tus padres, ya más cercanos a la cuarta que a la tercera edad, envían mensajes al grupo. Un pellizco de emoción te pinzará el estómago cuando leas en cursiva Papá está escribiendo.  Una sonrisa se dibujará en tus labios durante diez minutos, observando cómo tu progenitor se esmera por contar algo interesante.

 

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Sonrisa que se te borrará cuando a los quince minutos, el mensaje de papá sea un «Vale, hija» y tengas la ridícula sensación de haber estado un buen rato perdiendo el tiempo mirando una pantalla que te llevará de cabeza al oftalmólogo.

En un primer momento las conversaciones serán medidas y solo para temas familiares. Al poco tiempo, tu madre le preguntará a tu hermano por sus gases del otro día en una eterna conversación que podrían debatir en privado, no a la vista y escarnio público.

Después llegarán las noticias falsas, los fake que hablan de conspiraciones y remedios caseros para quitar todo tipo de manchas de cualquier tejido, amén de las bendiciones allende los mares y las cadenas de padrenuestros de obligado seguimiento so pena de catástrofe natural y artificial.

A veces tengo la certeza de que el 2020 es la consecuencia de tantas cadenas olvidadas en un grupo de Whatsapp.

¿Hay alguna fórmula secreta para salir del grupo de la familia?

Lo desconozco, y si la supiera, la tendría patentada.

Una es buena, pero no tonta.

Grupo de conocidos con aficiones comunes.

A cada uno le da por una cosa. Igual que a mí me pirra escribir y leer, mi querido esposo pierde el culo por ir a la montaña a saltar cual cabra montesa acompañado de otros locos como él.

Yo tengo mi grupo de whatsapp de devoralibros y él de corredores, y cada uno comparte en ellos una parte de sí mismo que el otro no comprende.

Suelen ser grupos muy numerosos porque a nuestra edad prima la eficiencia. Ya hemos perdido mucho tiempo en tonterías y el que nos queda lo queremos aprovechar mejor.

A veces ocurre que olvidas quiénes son los integrantes del grupo y te pones a criticar a alguien que te ha tocado las narices. Y no te conformas con un par de frases con unos emojis que siempre liberan un poco la tensión. No. Ya que te pones, grabas un audio con sus palabrotas y el enfático tono de indignación provocado por la última ofensa a tu excelsa persona.

Los restantes treinta integrantes del grupo sienten como el mundo deja de girar durante un breve instante. Conscientes de la cagada o tal vez tomando impulso para atacar a su vez.

 

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Puede que seas avispada y formes parte del grupo de whtasapp paralelo que utilizáis para estos casos de emergencia a falta de extintor aquellos diez afortunados que sois más afines.

Como todo en la vida, esto tiene su lado bueno y su parte diabólica, porque, al coincidir muchos de los integrantes, puedes liarla parda diciendo lo que no debes en el chat equivocado.

¿Cómo evitar demandas por difamación?

Silencia el grupo más numeroso y échale un vistazo una vez a la semana. De esta manera minimizarás riesgos.  Aunque, con toda seguridad, lo más inteligente es no hablar mal de nadie en ningún grupo, por si acaso. Ni siquiera a nivel individual. Recuerda que lo escrito permanece y las palabras se las lleva el viento. Menos si las envías por audio.

En estos casos siempre hay un integrante del grupo que escribe en mayúsculas y por consiguiente a gritos. Lo que nunca piensan es que el interfecto es torpe digital y no sabe desbloquear la tecla de mayúsculas. Es mucho más fácil pensar mal que bien.

Si aceptas un consejo, reconecta con las conversaciones cara a cara en la medida que el Covid te lo permita. Causa mucho menos malentendidos y produce mayor satisfacción.

He sufrido en mis propias carnes varias meteduras de pata, aunque por suerte, no han sido terribles. Recuerdo una ocasión en la que guardé el móvil en el bolsillo trasero del vaquero mientras caminaba y mandé a mis contactos, todos ellos, una foto de mi galería. Por suerte no se trataba de nada personal. 

Y tú ¿tienes algún grupo del que quieres huir como de la peste? 

Cuéntamelo en los comentarios, estaré encantada de leerte. 

 

 

 

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